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Sergio vuelve por sus fueros a ritmo de swing

Marca.com
GERARDO RIQUELME
23-5-04

El swing es el ADN del golfista. La rutina previa al golpeo de la bola sirve a los analistas para distinguir a simple vista un buen jugador de uno malo, con raras excepciones como el estadounidense Jim Furyk, de la misma manera que los entrenadores de atletismo hablan del buen talón y los teóricos de la natación de la altura del codo. El swing es algo obsesivo para el golfista, mucho más que los resultados, como si los tanteos dependieran exclusivamente de subir y bajar el palo por el mismo plano.

Sergio García (Borriol, 1980) creció con un estilo peculiar en el suyo. Cuando el palo alcanzaba su máxima altura describía en el aire una especie de lazo previo a la bajada que los ‘sergistas’ aplaudieron porque era lo mismo que hacía Ben Hogan, ganador de nueve grandes entre los años 40 y 50, pero que sus detractores entendieron como su punto débil. “Con ese swing tendrá problemas en cuanto se haga mayor”, dijeron con gran parte de razón.

Una tarde de invierno de 2003, allí en La Coma, el escenario donde Sergio se perdía con su bolsa de palos amarilla cuando no se elevaba un metro desde el suelo, el joven afrontó la realidad con su padre Víctor, también su instructor. “He estado pensando que debo cambiar el swing”, le confío. El padre, sabiendo la trascendencia del paso a dar, le respaldó sin matices. “Cambiar el swing es una decisión del golfista exclusivamente, el profesor ahí sólo debe ayudarle”, confesó Víctor García en el Masters 2003, cuando el golfista estaba aún en la fase iniciática y combinaba grandes golpes en 15 hoyos, con errores garrafales cuando se le salía la cadena irremisiblemente. El cambio tenía un riesgo terrorífico. La experiencia decía que había casos como Nick Faldo -seis grandes- que avalaban esa mejoría, pero también encerraba episodios dramáticos como el australiano Ian Baker Finch, ganador del Open Británico de 1991, que en su intento de mejorar cambiando el swing, jamás volvió a ganar un torneo y sus tanteos siempre figuraban más cerca de los 80 que de los 60.

Demasiadas urgencias
Además, en Sergio existía esa urgencia que el chico se puso, le pusieron, por completar con precocidad el camino hacia la cima. El ‘antiTiger’ le denominaron, el Niño, el nuevo Ballesteros, algo que terminó por volverse en su contra. Los meses de 2003 fueron cayendo con la misma velocidad que Sergio en el ránking mundial, pero el español jamás bajaba los brazos. “Estoy jugando mil veces mejor”, decía. O diez mil. Sus palabras servían para alimentar la esperanza que desinflaba el hecho de que fallase todos los cortes de mayo del año pasado en el PGA Tour. O que tirara de una forma increíble la victoria en el Buick Classic en el único acercamiento a un título oficial (ganó el torneo del millón de dólares de solo 18 jugadores) que disfrutó durante toda la temporada, año que sirvió de nuevo para fomentar la falsa teoría de que era un jugador mentalmente débil, incapaz de manejar la presión el último día de un grande, avivada porque firmó 74 golpes en la última jornada del Open Británico.

Pasó la Navidad y el golfista volvió a dar señales de vida. “El cambio ya está completado. El problema son los ‘putts’”, advirtió. Se pudo leer entre líneas porque Sergio había perdido gran parte del impulso mediático que había tenido. Sólo era portada en las revistas especializadas, apenas era noticia. En el Masters, por primera vez en cinco comparecencias, no fue requerido para las ruedas de Prensa anteriores al torneo: malo. Donde antes se veía frescura, ahora se hablaba de petulancia. Peor. Y la sonrisa había desaparecido de su cara. Alarmante.

De hecho, nadie comprendió que el último día de Augusta, después de firmar 66 golpes en el complicadísimo escenario, Sergio estuviera irritado. “Se presiona mucho en este torneo”, confesó su madre, explicación que no todos validaron, incluyendo al jugador inglés Mark Roe, que después de ver la entrevista en la BBC, escribió en una revista que “alguien que le conociera debería haberle cogido aparte y haberle dado una torta”.

Lo que estaba ocurriendo era que el chico necesitaba un resultado que refrendara que Sergio es la principal esperanza europea para ganar un grande, situación que no se produce desde julio de 1999, cuando el escocés Paul Lawrie ganó el British. Y esa señal llegó el domingo pasado, en el Byron Nelson Classic, delante del anciano que da nombre al primer torneo del Circuito Americano que Sergio jugó como profesional en 1999 y con Tiger Woods, Vijay Singh y toda la constelación de estrellas en liza. La agonía se prolongó hasta un desempate que al final tuvo como ganador al español. Después de celebrarlo con Glen, su ‘caddie’, sacó de nuevo la sonrisa. Vuelve a ser feliz.